10 febrero, 2014

Valdivia y yo ya no nos queremos

El olor a leña.
El olor a río, humedad.
Valdivia no alcanzo a verla, la huelo.

Valdivia ha cambiado. Edificios nuevos, tan modernos y sin identidad como los del centro de Santiago. Casi cuadra por medio hay una casona que se vende. El Falabella de cerca de Torreón hoy es una sede de la USantoTomás. El Ripley de Picarte está desocupado y con sus vitrinas con grafitti.

Valdivia me falta con frío, con bufanda y viento. Lluvia.
Picarte sigue siendo Picarte y sus casas en sus calles siguen siendo las mismas, el atardecer muestra que si esta es mi Valdivia, que la resistencia al cambio no es por que lo nuevo sea necesariamente malo, sino por que es distinto a eso que conocí hace 10 años, tirándome de golpe a empezar una juventud que se estaba tardando. Sabiendo que había un sentido en alguna parte y errando al buscarlo. Valdivia era mi ciudad de la aventura adolescente, del escape a la mirada fiscalizadora, el sueño de independencia. A estudiar en una ciudad independiente y universitaria como en las películas.

Valdivia sigue siendo una gran ciudad. Dios conoce tan bien mis necesidades, que sin yo pedirlas explícitamente me las concede, me las ofrece: caminar sin pensar en un algo mañana, por tardes frescas y calmas, al lado de  mis padres vivos y alegres, con la cámara en la mano sacando fotos. Todo lo que aspiro durante el año en los traslados entre agenda y agenda. Valdivia hoy tiene la lentitud y la calma tan necesaria para el diario descanso. Yo tengo hoy el ojo limpio para ver el reposo en ella, su amplitud. La serenidad de sus perros y sus gatos, sus calles medio desiertas, nuevamente, como película gringa. Y me maravillo nuevamente.

sin miedo sin stress sin angustia

gracias Jesús por el descanso

1 comentario:

Cristina Correa dijo...

Welcome back. Buenos paisajes, buenos respiros.